La cuerda floja entre el neofranquismo y un PP moderado

Resulta tan sencillo como difícil analizar la sesión sobre la moción de censura presentada por Vox que ha comenzado hoy en el Congreso de los Diputados.

Sencillo sería hablar del bajo nivel que ha exhibido hoy buena parte de la clase política. Hablar de las pintadas a brocha gorda que se han hecho, de los insultos, de las gravísimas acusaciones, de las descalificaciones y del absoluto desprecio por millones de personas que, según el sistema que tenemos, deberían estar representadas por sus señorías -detrás de cada escaño hay votos de personas-.

Fijar el foco en las mentiras que se han vertido, en los discursos manidos y en los esperpentos vistos sería una manera de trazar unas líneas que intentasen describir la desazón que una siente al esforzarse por seguir las intervenciones.

Abascal ha hecho lo que se esperaba que hiciera: exponer un discurso populista, superficial y directo a la visceralidad de quienes ven en él al defensor de esa España una, de esa España poderosa y de esa España que mide el tiempo desde hace ochenta años -desde el bando ganador de un golpe de Estado fratricida-.

Vox, como un pavo real, ha venido a desplegar sus «encantos» para recoger la desazón, el hastío de una sociedad desinformada, hiperventilada, angustiada y que quizás se crea que la bandera y el rey solucionarán sus problemas. La culpa de todos nuestros males es del socialismo, del comunismo, de los nacionalistas -los otros-, de los independentistas, de los terroristas -todos los demás-, de los corruptos -aquéllos de más allá-, y en definitiva, de todos menos de la ultra derecha VERDE (Viva El Rey De España).

Recién firmada una hipoteca de casi un millón de euros, Abascal cumple con una agenda que, de seguro, viene marcada de fuera. Y en España tiene caldo de cultivo porque donde hubo fuego quedan brasas. Y las del franquismo todavía tienen llama puesto que la «transición» no ha hecho más que soplarles para que no se apaguen. Una llamita, pequeña, pero vistosa es la que la herencia del franquismo ha prendido hoy. Y sería irresponsable pensar que con una pequeña mecha no se puede montar un incendio. Basta con que se den las condiciones necesarias para que arda y sea difícil controlarlo después.

Mientras escuchaba a Abascal, recordaba a Iglesias cuando acusaba al independentismo catalán de haber despertado al fascismo. En el discurso VERDE era evidente que no, que el independentismo habrá podido precipitar algunas cosas que ya estaban, que se mantuvieron vivas y que de hecho, se han estado financiando y mimando para ser despertadas en el momento «preciso». Tenía razón Errejón al comparar a Santiago con el típico matón del colegio: es el que más miedo tiene, y movido por sus complejos se pasa la vida amenazando a todos los demás.

Los ataques de hoy desde Vox habrán alegrado a sus votantes. Sin duda, una retahíla de chascarrillos que serán útiles en las terrazas de los bares antes del toque de queda, o en las cenas de Navidad como ha dicho Rufián. Una guía para el cuñado facha, decía el de Esquerra. Otros, como Aitor Esteban no se han dignado ni a entrar al trapo, para tratar de hacer ver que no se debería bailar al son que marquen los neofranquistas. Una buena estrategia, sin duda, pero que al no ser mantenida por todos los demás, queda diluida.

A los votantes del PSOE y de Unidas Podemos el discurso de Abascal solamente puede afianzarlos, sentir que ahora más que nunca deberán movilizarse porque esta extrema derecha no debería seguir sintiéndose legitimada para hablar en nombre de España como si fuera suya. Hay más Españas, hay más maneras de entender todo esto. Y va a ser necesario que lo tengamos claro, porque el discurso de Abascal, como el de cualquier populista en tiempos de crisis, es fácilmente consumible. Basta con no estar bien informado -algo generalizado en este país-, basta con no tener formación en Historia, con no tener una cultura democrática desarrollada y con haber permitido que calase el modus operandi de las tertulias televisivas y radiofónicas en las que sólo hay espacio para la sinrazón.

La moción de Vox, como ya es evidente, no iba contra el Gobierno -aunque así haya parecido y así se haya perpetrado-. La moción de censura va claramente dirigida hacia el Partido Popular: y más concretamente, a la línea de flotación de Pablo Casado. Un heredero de un partido que pasa ahora mismo por un descrédito sin precedentes, vapuleado en el Congreso, expulsado por una moción de censura que se fundamentó en lo que los tribunales han confirmado. Un líder que no lo es, pero que hace continuos esfuerzos por parecerlo. Un muchacho que hace unos años daba el pego, presumía de CV hasta que se desmoronó y que ha pasado a ser «el chico de los recados» acorralado por la extrema derecha de sus propias filas. Para frenar la sangría se cargó a Cayetana, que podía hacerle sombra a su derecha. Y en vista de que el camino de los Populares bien debiera seguir los pasos de un Feijoo, Casado ahora intentará ubicarse en un mapa político donde todos deben encontrar su lugar.

Mañana será el turno de Casado: lo más probable es que utilice su momento para dar un discurso constructivo, propositivo que intente atizar al Gobierno por la gestión de la pandemia. Se alejará así del discurso grotesco de la extrema derecha, intentará generar confianza entre los suyos que no quisieran sentirse tan extremos como Abascal, y tendrá que gestionar que buena parte de sus votantes quisieran un voto positivo a la moción de censura. Lo más seguro es que no se sume al carro de Vox, quedando en una abstención que le sirva para reubicarse, para ir de oposición sin pasar la línea que le abrace a la extrema derecha. Y probablemente, si hiciera esta jugada, no sería extraño que en breve intentase presentarse como candidato a una moción de censura a la que ya sabe que Vox tendría que apoyar.

Es, sin duda, el momento de Casado. Controlar su rabia y su fanatismo será clave para utilizar su única oportunidad de «colocación». Y no lo tiene fácil: pues atacar al Gobierno de Sánchez con lo que están haciendo los suyos en Madrid le puede costar caro a nivel de coherencia. Y hacer una oposición firme alejándose de los mantras neofranquistas de Vox también tiene dificultad. Intentará ir de neoliberal, terreno abonado por Ciudadanos -que ahora mantiene un perfil bajo y puede darle espacio-, y tratará de que su discurso resuene en Europa donde sabe que miran con cautela la reforma para la formación del Consejo General del Poder Judicial, por ejemplo. Tampoco es que pueda hablar muy alto, teniendo en cuenta que el bloqueo en la Administración de Justicia es cosa suya, por lo que este campo también está minado para Casado.

No lo tiene fácil y sin duda, el que se la juega en esta moción es el Partido Popular. Vox solamente puede ganar, porque los suyos estarán encantados, y probablemente sume a los ultras Populares que se queden fríos al escuchar a Casado.

Unidas Podemos y PSOE no pierden nada, porque tanta bestialidad solamente les beneficia (a pesar del destrozo institucional y democrático que supone todo esto).

Los nacionalistas e independentistas se frotarán las manos porque todo este río revuelto confirma sus razones. Y cada exabrupto que retumbe en las paredes del Congreso evidencia que el régimen del 78 está desmoronándose.

Ciudadanos sigue haciendo su papel de figurante. Nadie cuenta realmente con ellos. Ni cuando montan pollos ni cuando se quejan de quien los monta. Agazapados saben, que cualquier paso en falso de Casado les dará réditos. Solamente tienen que seguir la técnica M.Rajoy: quedarse calladito sin decir nada. Como un pollito con la boca abierta: el vacío del PP si Casado se escora demasiado a la derecha está asegurado.

Es, sin duda, el Partido Popular el que se la juega aquí: acertar en un término medio entre la moderación cercana a la socialdemocracia, alejarse del neofranquismo y no meterse en charcos de arenas movedizas marca IDA, es una empresa que sin duda será lo que más merezca la pena ver. Y ya no sólo por el espectáculo, sino por la responsabilidad que conlleva. Porque si el Partido Popular se dejase caer en las manos de VOX, o pudiera parecerlo, estará contribuyendo a un futuro de hostilidad y sombras precisamente cuando España necesita salir del agujero en el que está. En el de la sindemia y en el de antes.

Habrá que esperar, y tratar de pensar que dentro de lo malo, todavía podríamos estar peor. Acabamos de aparecer en los titulares de toda Europa por haber alcanzado el millón de contagiados. Pero discúlpenme, que aquí hoy solamente se habla de la moción de censura. Perdón.



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